Metodología del sionismo cultural
Gustavo D. Perednik
A pesar de la demonización semántica que sufre el término sionismo, se presentan los tres métodos en que se plasmó el sionismo moderno: el cultural, el diplomático y el práctico
Jacques Derrida ha puesto de relieve el modo en que los términos cobran su significado a partir de acumulaciones metafóricas, a lo largo de procesos históricos.
En ese aspecto, pocos conceptos han sido más demonizados por la sedimentación de metáforas, que aquellos relativos a los judíos. Así, las palabras «fariseo» o «talmúdico» despiertan asociaciones sumamente negativas muy distantes de su verdadera significación.
En la modernidad, esa demonización semántica padecida por los judíos, se ha trasladado especialmente a la voz «sionismo».
Por ello es difícil, para el lector europeo medio, analizar objetivamente al movimiento de liberación judío (1), sin caer en la red de impresiones negativas que han forjado desde los medios soviéticos hasta la prensa española (2).
Conscientes de esa limitación, intentamos aquí presentar los tres métodos en que se plasmó el sionismo moderno: el cultural, el diplomático y el práctico.
Deliberadamente, no los definimos como corrientes sino como métodos porque, a diferencia de las primeras, no respondieron a la pregunta de por qué era necesario y moral el establecimiento de un Estado judío; planteaban, por su parte, cómo crear dicho Estado, ofreciendo tres respuestas alternativas: la colonización (sionismo práctico), la política (sionismo político), o la educación (sionismo cultural).
El mentor de este último fue Ajad Haam (seudónimo de Asher Ginzberg), cuyo primer artículo lo convirtió, repentina y accidentalmente, en un escritor hebreo. Publicado el 15 de marzo de 1889 en el periódico Hamelitz,No es éste el camino.
El ensayo constituyó el puntapié inicial del sionismo cultural, que venía a criticar al sionismo práctico al cuestionar que jóvenes, inexpertos y sin capacitación, inmigraran a Eretz Israel. Vaticinaba que, eventualmente, aquellos idealistas sucumbirían ante la malaria y la esterilidad de la tierra de Israel en esa época.
La inmensa repercusión del ensayo impulsó a su autor a dedicarse a escribir, y a crear una asociación que defendiera sus principios. Dos meses después nació, en la ciudad de Odessa,
Ajad Haam sostenía que la aliáh (inmigración judía a Israel) no tenía por qué ser la opción de todos los judíos. Quienes sí eligieran esa vía, crearían allí el centro espiritual para el pueblo judío todo.
Los sionistas culturales opinaron que la migración debía ser el corolario de una sólida conciencia judía, asequible por medio de la educación hebrea. Los judíos no se hallaban dotados, intelectual ni espiritualmente, para la vida del pionero. Por ello, los ajadhaamistas se circunscribían a apoyar la radicación en el yermo país, cuando ella se concretaba con el objeto de intensificar la cultura de los judíos palestinos, e irradiarla al extranjero. Una de sus advertencias recurrentes era: «No forcéis la meta mientras no hayan sido creadas las circunstancias sin las cuales la meta es inalcanzable».
Pero resultó difícil «no forzar la meta» cuando la judeofobia europea se desató en los pogromos (Ver artículo El día de la ansiedad en este mismo blog ). La urgencia del pueblo judío para encontrar refugio motivó a los sionistas políticos a distanciarse más de los culturales, a quienes peyorativamente dieron el mote de «espiritistas»: no había tiempo para dedicarse al espíritu judaico, en momentos en que los cuerpos de millones de judíos se encontraban ante el abismo de la destrucción física.
La postura de Ajad Haam también le generó oponentes en Eretz Israel, como por ejemplo el rabino Iehiel Mijael Pines, quien se radicó en Jerusalén en 1878 y priorizó la obra colonizadora y la labor política. Pines pertenecía al grupo de sionistas que evitaban introducir en el movimiento funciones educativo-culturales, ya que éstas podrían llevar a controversias y divisiones innecesarias y postergables.
Por otra parte, entre los que valoraron la obra de Ajad Haam desde el comienzo, se hallaba Eliezer Ben Yehuda, el renovador del idioma hebreo por antonomasia, quien se estableció en Jerusalén en 1881.
Ajad Haam concretó sus dos primeros viajes a
Frente al sionismo político
La segunda crítica de los sionistas culturales se dirigía, ya no a los sionistas prácticos, sino al tercero de los métodos referidos: el diplomático, cuyos portavoces más destacados fueron Teodoro Herzl y Max Nordau.
En su artículo Sionismo político, Ajad Haam no avizora frutos concretos para las febriles negociaciones mantenidas por Herzl, y además expresa su disgusto por la alienación de Nordau para con la tradición judía.
El Primer Congreso Sionista Mundial (Basilea, 1897) fue el único en el que participó Ajad Haam, quien según sus propias palabras se sintió allí como «un enlutado rodeado por la alegría de los novios».
Cuando se produjo «el caso Uganda» (1903), Ajad Haam lo entendió como el triste e inevitable corolario, de que los sionistas políticos se hubiesen alejado de la cultura judía y supusieran, consecuentemente, que algún otro país, fuera de Palestina, podría atraer la concentración territorial de los judíos.
Nuevamente expresa su insatisfacción por el sionismo herzliano en dos celebres artículos: El Estado judío y el problema judío (1897) y Carne y espíritu (1904).
La diferencia entre Ajad Haam y Herzl era clara: mientras a éste preocupaba la desdicha de los judíos, el primero se abocó, desde una postura secular, a superar la postración del judaísmo: «La condición previa para concentrar la nacionalidad en Sión, es concentrar el espíritu de la nacionalidad en el amor de Sión».
La mera creación de un Estado para los judíos no solucionaría el problema, que radicaba en que el pueblo carecía de unidad cultural y conciencia nacional. La función del sionismo era precisamente inspirar tal unidad, creando un centro espiritual en Eretz Israel, destinado a cultivar el liderazgo y la renovación judaicos.
Paralelamente, el sionismo debía dedicarse a una tarea educativa sistemática que profundizara el proceso de concentración de diásporas.
A pesar de su escepticismo acerca del accionar diplomático, los seguidores de Ajad Haam sí se unieron en una fracción dentro del sionismo político, que se denominó Fracción democrática. Tuvo como portavoces a Jaim Weizmann y a Martín Buber, quienes bregaban por colocar como pilar del sionismo la tarea cultural-educativa.
Paradójicamente, fue un logro del sionismo cultural que el Segundo Congreso Sionista Mundial, de 1898, adoptara la idea de diseminar la cultura judía en
Ajad Haam insistió en diferenciar entre el malestar físico del judaísmo en Europa oriental, y el malestar espiritual de la judería occidental, que también debía ser curado.
A esta curación se refiere en su artículo Servidumbre en la libertad (1891), rechazando a los intelectuales asimilacionistas que «en lugar de criticar a fondo nuestras ideas y demostrarnos nuestro error con pruebas tomadas de la lógica y de la realidad, se proponen aplastarnos citando nombres famosos, sin tomar en cuenta que dicen a veces necedades».
De esos judíos ajudaicos, Ajad Haam señala su «servidumbre interior oculta bajo la libertad exterior» y, en un párrafo muy vivaz, describe la reacción de quienes desjudaizaban incluso la judeofobia, a fin de ser admitidos en la «humanidad»:
«Bandidos armados me rodean y yo grito: ¡Socorro, un hombre está en peligro! ¿No es una horrible vergüenza que deba empezar por demostrar que mi peligro lo es también para los demás, para el género humano, como si mi sangre no fuese roja a menos que se mezcle con sangre ajena?»
En muchos aspectos el mensaje de Ajad Haam sigue vigente, y no es aventurado suponer que la mayoría de los judíos son, sin saberlo, ajadhaamistas: esperan del Estado judío de Israel, eminentemente, un centro cultural que inspire a
En 1900, después de un nuevo viaje a Palestina, Ajad Haam volvió a poner sobre el tapete el crudo sufrimiento de los pioneros, y concluyó que el ideal nacional estaba desbarrancándose hacia una mera agencia de filantropía.
Faltaban muchos años para que la nueva cultura hebrea floreciera plenamente, y con ella las posibilidades de renacimiento nacional judío. Pero esa demora nunca disuadió a Ajad Haam de su postura, e hizo suya la máxima de León Pinsker: «Lejos, muy lejos de nosotros está el puerto que nuestra alma ansía. Empero, para un pueblo que deambula hace miles de años, ningún camino ha de parecerle demasiado largo».
(1) El sionismo doblemente despojado
Gustavo D. Perednik
El sionismo es más antiguo de que usualmente se supone, y ha ayudado a árabes y a judíos mucho más de lo que ocultan sus demonizadores
La población árabe que goza de mejor calidad de vida en Oriente Medio es la de Israel: el estatus de la mujer; el acceso a universidades, a servicios médicos y educativos; la libertad de expresión y organización. Sólo en Israel hay parlamentarios, jueces y periodistas árabes que se manifiestan sin restricciones. Todas las universidades palestinas fueron creadas por Israel. Es paradojal que el único movimiento que logró algo concreto para los árabes es el sionismo.
Su contrapartida, la ideología oficial del mundo árabe-musulmán y de una buena parte de Europa –el antisionismo– ha causado a su población sólo rezago y opresión.
Rezago, porque la energía de los pueblos árabes está trágicamente encaminada a destruir a Israel en lugar de hacer progresar sus propias sociedades. Opresión, porque es usado por los autócratas para perpetuarse en el poder culpando al exterior de sus propias miserias.
No hay corriente a la que se le perdone más excesos y brutalidades que al antisionismo, y no hay movimiento más demonizado que el sionismo. Un pequeño Estado cuya creación constituyó una apremiante necesidad, ha despertado una sostenida hostilidad.
Una y otra vez condenado, su imagen diabólica ya es parte del inconsciente europeo. Se presenta al sionismo como usurpador, imperial y violento, omitiendo lo esencial: que en aras de recobrar la patria del pueblo judío martirizado, estuvo dispuesto a aceptar un territorio infértil del tamaño de Luxemburgo, al que dedicó sus mejores esfuerzos para cultivar el desierto. Que gracias a esos esfuerzos ha logrado los mejores niveles de medicina, ciencia y tecnología de un Oriente Medio en el que cabe quinientas veces y con el que contrasta por carecer de petróleo.
El antisionismo ha transformado a Israel en «el judío» de los países: al que más se exige y denuesta, y al único al que se reclama justificar su existencia. Critica a Israel y omite las flagrantes violaciones de derechos humanos en el resto del mundo, sobre todo en el mundo de los enemigos de Israel que viven bajo opresión, misoginia y corrupción.
Su máximo portavoz hoy en día, el presidente iraní Ahmedineyad, volvió a arremeter hace un tiempo en el foro de
En su aseveración se combinan los dos despojos de los que el sionismo ha sido víctima: su benignidad y su antigüedad.
Los hebreos vinieron a trabajar la tierra, no a desposeer a nadie. La mayor parte de la tierra recuperada por los judíos era estatal y despoblada; pertenecía a los imperios otomano y británico. Allí el sionismo construyó kibutzim -aldeas colectivas-, moderna agricultura y universidades. De ello también se vieron beneficiados los árabes, a quienes sus líderes ofrecían sólo las alternativas de bombas, muerte y odio, que en caso del sionismo brillaban por su ausencia.
Léanse las memorias de los primeros sionistas prácticos que inmigraron a un desierto de paludismo y mosquitos con la única meta de dedicar su vida al trabajo de la tierra. A nadie conquistaron. Así se lee en el diario de Jaim Jisin, miembro del grupo sionista Bilu que con trece jóvenes arribó a las costas de Yafo el 10 de agosto de 1882:
«No he escrito por tres días porque estuve físicamente imposibilitado de hacerlo. Mis manos están llenas de ampollas y congestionadas de sangre; no pude enderezar los dedos. Cuando estaba en Rusia, soñaba con trabajar ocho horas diarias por día y dedicar a mi mente el resto del tiempo. Pero cómo puede el cerebro absorber nada cuando tu espalda está por quebrar y te abruma la fatiga más horrible, cuando todo lo que quieres es tomar tu plato de sopa y echarte en el sueño. En mi primer día de trabajo me levanté a las cinco, el momento de la aurora, y el trabajo comenzó a las seis. No bebíamos té a la mañana... veinte minutos después de partir estábamos en Mikve Israel, fundada en 1870 en una superficie de 1,8 km2. Allí iba a establecerse una escuela para enseñar a los mozalbetes el trabajo de la granja, pero la idea original fue abandonada y en el lugar hay una granja... debimos cavar treinta centímetros en la tierra y escardillar. Estábamos en hilera. No tenía la menor idea de lo que debía hacer... pero tomé mi azadón y comencé a golpear la tierra. Al poco tiempo tuve ampollas. Mis manos sangraban y el dolor era tan atroz que debí dejar el azadón... pero de inmediato me avergoncé de mí mismo. ‘¿Es así como piensas mostrar que los judíos somos capaces del trabajo manual?’ me pregunté. ‘¿Acaso no puedes pasar esta prueba decisiva?’ Me fortalecí, tomé nuevamente el azadón, y a pesar del dolor que aguijoneaba, haché por dos horas sin parar...» (La hermosa herencia, Memorias de la comunidad judía en la tierra de Israel entre los siglos 17 y 20, Abraham Yaari, ediciones Youth & Hechalutz, Jerusalén 1958, páginas 125-126.)
De allí, los pioneros se trasladaron para fundar el poblado de Rishón Le’Tzión, donde, según cuenta Jisin unas páginas después «cavaron zanjas plantaron árboles, construyeron sus propias viviendas... pudieron reemplazar sus andrajos por ropa, se dieron el lujo de un pedazo de pescado con sal de desayuno... cantaban en la marcha hacia el trabajo y al regresar, organizaban charlas sobre historia judía por las noches...»
Estos jóvenes huían de los pogromos en Rusia y sólo querían construirse y construir. No hay en sus diarios y testimonios ni una sola palabra de encono contra nadie. Sólo el deseo de recrear en Palestina el país que tuvieron sus ancestros y hallar un cobijo después de dos mil años de pesares. Trajeron vida, y merecen la admiración, no la calumnia.
La antigüedad
Un cuarto siglo después, David Ben Gurión (quien sería el primer Primer Ministro de Israel) también describió en sus escritos su adaptación al nuevo país, allá por 1906 (Amanecer de un Estado, editorial Candelabro, Buenos Aires 1954, páginas 4-6). En su tono reverberaba en de los pioneros del Bilu:
«Cerca de un año trabajé en las colonias de Judea, pero más que trabajo tenía hambre y malaria... Sin embargo el entusiasmo y el júbilo no cedían... Cada barco traía un contingente de jóvenes... Habíamos dejado de lado los libros y los estudios, las especulaciones y las controversias, para redimir la patria con nuestro trabajo... los achaques de la realidad no habían aplacado nuestro coraje ni el brío de nuestro ánimo... Plantábamos retoños, cosechábamos naranjas injertábamos árboles, cavábamos con azadones... Trabajábamos la tierra en la madre patria... ¿Qué más podíamos pretender? Trabajábamos pletóricos de entusiasmo. De noche, después de un día de trabajo o de malaria, nos reuníamos en el comedor obrero o sobre los sendos arenosos, entre viñedos y naranjales, para bailar y cantar.»
Además de derramar voluntad de trabajo, en el caso de Ben Gurión se explicita una y otra vez su máxima aspiración de un acuerdo con los árabes, y de construir una sociedad socialista. Pero la izquierda autista de hoy en día mancilla aquella voluntad y esa obra trabajadora, en aras de alienarse con los regímenes más reaccionarios del planeta.
Ni siquiera el líder de la corriente nacionalista dentro del sionismo, Zeev Jabotinsky, tuvo palabras de afrenta para con los árabes. Liberal de pura cepa, Jabotinsky fue también un gran poeta. En uno de sus poemas cantaba al día en que en Israel «prosperarán en felicidad, el hijo del árabe, el del cristiano, y el mío». Contrástese esa voluntad de corregir, edificar, desecar pantanos, y buscar un camino de paz, con las prédicas de los líderes enemigos que escupían odio y una visión que se reducía a matar, nunca a crear.
Además de deshumanizar al sionismo, lo que se ha hecho es privarlo de su historia. Muchos se sorprenderían de que aquellos colonos entusiastas llegaran en 1882, porque se prejuzga que el sionismo resultó del Holocausto, ergo habría nacido hace sesenta años. Así en la cita de Ahmedineyad.
No hace falta remontarse a la residencia permanente de judíos en Palestina desde tiempos inmemoriales, ni a su inmigración masiva aun durante
Al igual que
La canonización del antisionismo por parte de la izquierda autista tuvo expresión en
Aunque nunca exhibió una doctrina coherente (iba desde el maoísmo hasta el anarquismo e hippieísmo) la cara virulenta y obsesiva de
El antisionismo es la forma más persistente de la judeofobia contemporánea. Resulta de una acendrada obsesión contra lo judío: contra la cultura judía, la vitalidad judía, el país judío.
Mucho se ha escrito acerca de en qué medida se trata propiamente de odio antijudío, si se puede ser antisionista sin judeofobia. El antisionismo descalifica los sentimientos y aspiraciones nacionales de los judíos (y sólo de los judíos) y considera a Israel (y sólo a Israel) un Estado ilegítimo. Por ello, antisionismo y judeofobia están íntimamente entrelazados, como muchas veces revelan sus propios voceros. Yakov Malik, embajador soviético en
El antisionismo no se reduce a posturas críticas con respecto a políticas específicas de Israel. Estas críticas no
Por el contrario, sí es judeofóbico el vilipendio intransigente contra el Estado hebreo (en donde residen la mitad de los judíos del mundo) que se formula desde términos cargados de saña: «país nazi, cáncer del Oriente Medio.» Aun cuando desde un punto de vista estrictamente teórico, se podría ser antisionista y no judeofóbico, en la práctica la disquisición se desvanece. El antisionismo promueve acciones que llevan a la muerte de judíos y que, de implementarse en su totalidad, llevarían a la muerte de millones de ellos.
(2) La escalada judeofóbica
Gustavo D. Perednik
De los dos mitos más recurrentes de la mitología judeofóbica, uno es medieval (que los judíos matan a Dios) y uno es moderno (que dominan el mundo). Las dos patrañas están hoy en día en efervescencia en Europa. Para Perednik la situación es alarmante, porque los medios de prensa la agravan día a día
En septiembre, desde un editorial (nunca refutado) de un popular periódico vasco, advertía José Mari Esparza: «Hay dos culturas en pugna: la humanista... y la del dinero y su perversa lógica acumulativa (que) acaba en el arma... Sus teólogos (son) los judíos, 'codiciosísima nación que no tiene otra religión que el dinero', dominan los EEUU (y) con el fantasma del terrorismo y el recurso del Holocausto se aprestan a barrer del mundo al diferente... Todo el Islam debe ser sometido. China después. África no existe. Hasta la iglesia católica molesta ahora con su retórica humanista... O los paramos o no hay mañana.» (Aclaro que no se trata de septiembre de 1280 ni de 1940, sino de 2003.)
El delirio del diario no conoce límites. El terrorismo antijudío no existe: es un fantasma. El Holocausto no existió: es un recurso. Si los judíos osáramos siquiera mencionar las agresiones, pasadas o presentes, de las que somos víctimas, la mera mención se volvería en contra de nosotros: somos manipuladores, sensibleros, hipócritas, inventores de una cortina de humo para velar la verdadera guerra que se lleva a cabo en la infraestructura de la historia: una entre la humanidad y los judíos, una guerra que vienen anunciando desde Crisóstomo hasta Wagner, desde Hitler al primer ministro de Malasia («Los judíos dominan el mundo»), desde Theodorakis («son la raíz del mal») hasta Saramago («no corresponde solidarizarse con los judíos masacrados»).
Hay que detener a los judíos para que haya mañana. En efecto, a fin de frenar la próxima hecatombe que trama el sionismo internacional, el mundo va cometiendo la obra inversa. En su campaña preventiva, destruye judíos para abortar la inminente embestida israelita contra China, África y
Porque no se trata del exceso de un pasquín. Éste es excepcional sólo en la brutalidad de su lenguaje, no en su contenido. Arengas de estilo más sutil pero de coincidente recado, se leen rutinariamente en El País, El Mundo, ABC,
Y que los judíos no nos atrevamos a objetarlas, porque esa objeción será considerada la verdadera agresión. Ferreres mismo lo ha escrito: si los judíos se disgustan por el hecho de que quien fuera responsable de su persecución y expulsión de España sea considerada una santa, pues ese disgusto es la prueba de que dominamos el mundo e incomodamos al pobre papa a quien lo inspira sólo el amor.
Estalla el edificio de la comunidad judía argentina dejando cien muertos, y al mundo no le inquieta que nunca haya culpables e Irán quede exonerado. Es parte de la campaña preventiva. No hay manifestaciones en las calles, no hay torrentes de adrenalina y editoriales como las que se destilan contra la valla que construye Israel.
Cómo iba a haberla, si tampoco hay energía para solidarizarse con curdos, ibos, tamiles, cachemiros, aimaras y chechenos. Sólo el sufrimiento de los palestinos es verdadero para Europa, no porque le interese un rábano que los árabes sufran, sino porque Arafat ha elegido al enemigo perfecto, uno que domina el mundo y libra una guerra oculta. Europa financia a Arafat para que éste coadyuve a detener a los hebreos, y se asegura así de que haya mañana.
Pues ¡No! No hay «defensa» judía. De Israel, su mera existencia es agresiva. Sólo de la palabra «sionismo» el diccionario Espasa Calpe explica que es «terrorismo».
Así acaba de explicarlo, también en
Búsquese en los medios europeos palabras de condena para regímenes trogloditas como los de Irán o Arabia Saudita, misóginos, terroristas, totalitarios, represores. No han quedado palabras para denunciarlos, porque el diccionario entero se ha agotado en los reparos contra el judío de los países y el cerco que éste construye como recurso contra el terror. Ese cerco es tema de debate en
La muerte a mansalva que nos obligó a construir la cerca, no estimula debate. ¡Ni se menciona! No olvidemos que el terrorismo es un fantasma. Los mil israelíes masacrados durante estos tres años en restoranes y en ómnibus, en fiestas de cumpleaños y en escuelas –no existen. El israelí no tiene derecho ni siquiera a la vida, es un fantasma. (La tesis fue publicada en 1882; en ella la pluma de León Pinsker acuñaba el término «judeofobia».)
En paralela proporción, debería suponerse que más o menos diez mil españoles, en su mayoría mujeres y niños, hubieran sido asesinados en sus casas o en medios de transporte, rodeados de la algarabía del agresor y la simpatía exterior. Que los terroristas que los asesinasen se hubiesen infiltrado desde Ceuta, en donde fueran financiados, entrenados, alentados y ulteriormente idolatrados. Que España decidiera construir una valla para detenerlos ¡y el mundo protestara con saña contra «el muro de la vergüenza», sin mencionar ni un asesinato!
Dicho sea de paso, España ya tiene una valla en Ceuta, pero no es judía, así que no merece condena alguna ni titulares en El País. Leed este diario y obtendréis la visión más reveladora del judío agresor por antonomasia. O sino, mirad Telecinco.
Los medios de España matan
Cuando fue el último atentado contra un ómnibus en Jerusalén (22 de febrero) que había causado «la muerte» (los judíos nunca son asesinados, sólo «mueren») de ocho personas (dos niños incluidos) y dejado decenas de heridos (muchos de ellos, para toda la vida) pues Telecinco mostró las imágenes del autobús y de los camilleros, y a continuación el vídeo del héroe, el asesino. De él sí transmitieron su nombre y datos. No de sus víctimas, que no tienen nombre. La televisión española relató su vida, la causalidad de su acción (casi justificándola) y, a continuación, las cámaras se trasladaron a la casa del terrorista. Allí sus familiares sacaban enseres antes de que su casa fuera derribada. Pobre gente. Ellos sí merecen la misericordia europea, no los viles judíos a los que hay que detener antes de que terminen dominando el mundo. De hecho, recordemos, ya lo dominan por medio del «lobby judío», reiterado bochornosamente en los medios españoles. Somos trece millones de masoquistas que dominamos a seis mil millones de almas nobles.
El eminente periodista gallego Miguel Bóo, una de esas voces solitarias que advierte a España de su judeofobia endémica, cuenta que cuando escuchó a televidentes expresar su tristeza por «esa pobre familia a la que le derribarían la casa», replicó: «¿No sabíais que el derribo de casas lo puso en práctica Gran Bretaña contra combatientes del IRA en el Ulster, sin que nadie se preocupara de ello? ¿Sabíais que en el Ulster sigue habiendo un muro que separa católicos de protestantes? Claro que lo sabíais, pero ninguno de vosotros protestó, ni protestará por ello. Sólo contra Israel hay que gritar, aun cuando es asesinado. ¿Os dais cuenta o no? No, no dais cuenta, porque los medios de comunicación y el sistema os han lavado el cerebro.»
Touché, amigo Miguel. Las marujastorres y los antoniogalas –matan. Son judeófobos como ellos los que lavan el cerebro a Europa para que se desentienda de toda víctima judía. Por eso nadie se sorprende de que no haya suspiros por los mil israelíes inmolados en ómnibus y en pizzerías. Y que en contraste haya lamentos por sus asesinos. Que a los palestinos no les incomoden la vida es una causa que justifica manifestaciones en las calles. Que a los israelíes no les permitan vivir, es lo natural. Finalmente, hay que pararlos.
¿Os imagináis a Telecinco y a Bastenier, después del asesinato de Miguel Angel Blanco, limitándose a informar que lo habían «matado» y a continuación afanándose en desgranar la vida y milagros de sus asesinos, sacando sus fotos, exhibiendo sus consignas independentistas, y reproduciendo sus mensajes políticos?
No, Miguel. No se imaginan. No pueden. Su humanismo selectivo los enceguece. Como Javier Nart, quien se opuso con uñas y dientes a la ocupación de un 10% del Líbano por parte de Israel, pero no tiene ni una palabra de condena contra la ocupación del 100% del Líbano por el régimen fascista sirio. Como el ex ministro Juan Alberto Belloch, que cree humildemente pertenecer a una pequeña elite para la que la civilización debe basarse en un Estado de derecho, pero omite que de la treintena de Estados del Medio Oriente, hay uno solo que es de derecho –precisamente el blanco de sus condenas.
Días difíciles transcurren para el pueblo judío (aun cuando pocas veces tuvimos días distintos). Nuevamente se nos acusa de dominar el mundo, pero los acusadores ya no son nazis marginales sino los medios europeos, sus intelectuales, una buena parte de su población.
El Gran Rabino de Francia exime a los judíos religiosos de usar kipá (solideo) en la calle, a los efectos de que no sean agredidos nuevamente, y los atentados judeofóbicos aumentan ante el cómplice silencio de la mayoría que no tiene para el judío sino dedos acusadores.
Y si el embuste del «dominio judío mundial» ya no era suficiente para el arsenal judeofóbico, una película de Mel Gibson reaviva el peor de los viejos mitos: el deicidio, la acusación que causó la muerte de cientos de miles de judíos, asesinados (digo «muertos») por ser réprobos de Dios.
Como con el resto de los mitos, usualmente los judeófobos son inconscientes de padecerlos: no protestarán en ningún caso por la agresión antijudía, sino solamente por la autodefensa de los judíos ante la agresión. Como hemos visto, es una de las características que permiten identificar la judeofobia.
Una segunda peculiaridad, es que es intransigente. No se contenta con ni un milímetro menos que la destrucción total del judío. No importa cuanto Israel ceda o deje de ceder. Sólo la destrucción del Estado judío satisfará a sus «críticos».
Una tercera es que, aunque el judeófobo presenta sus argumentos como muy elaborados y racionales, están éstos tan cargados de odio, que a la primera de cambio estallará en una andanada de insultos. Hace unas semanas salió en Libertad Digital un breve reportaje a Silvan Shalom. El ministro de RR.EE. israelí se limita a explicar que la cerca es temporaria y que Israel podrá desmantelarla apenas se contenga el terrorismo.
En su «reacción» ante la entrevista, los lectores escupen odio acumulado sin siquiera referirse al tema en cuestión. Hay cartas alucinantes: «los judíos somos el pueblo de la muerte», «estos nazis judíos protestan por la película de Gibson porque sólo dice la verdad».
Xavier Torrens, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona, refiere que cada vez que en sus clases pronuncia la palabra «Israel», aun si es en el marco de cátedra de política migratoria o urbana, saltan estudiantes enardecidos para soslayar todo otro tema, pues lo único que desean es insultar al judío. Hay que pararlo.
Durante los últimos Encuentros de Filosofía en Gijón que llevó a cabo
Y por si esto fuera poco...
Y como si el clima no estuviera suficientemente caldeado, en efecto nos faltaba la película de Mel Gibson, cuyo padre (para que no queden dudas acerca de la intencionalidad del filme) anuncia que los judíos dominan el mundo (el Vaticano incluido) y que el Holocausto es una patraña judía más. Cuando osamos cuestionarlo, Mel Gibson reclama, como Nart, que «dejemos a su padre en paz». La lógica sigue siendo la misma. El padre siembra encono y a nosotros se nos prohíbe perturbarlo. Hay que pararnos: somos el estorbo.
Gibson ha tocado el nervio judeofóbico. Hasta la época moderna, la inspiración más recurrente que halló la judeofobia fue el relato neotestamentario de la crucifixión. Éste incluye evidentes errores históricos (que no socavan, claro está, el carácter sagrado del texto para los creyentes en él).
Según el Nuevo Testamento, durante
La vastísima bibliografía al respecto señala varias imprecisiones en el relato, a saber:
El Sanedrín nunca se reunía en las festividades hebreas, y muy raramente aplicaba penas de muerte (a un Sanhedrín que aplicara una pena de muerte cada siete años, el Talmud lo llama «Sanedrín devastador», a lo que el rabí Eleazar Ben Azariá agregó: «...aun cuando lo haga una vez cada setenta años»). Y en el caso de Jesús el texto exhibe una inaudita ligereza en la aplicación de la pena.
Más grave aun es que ni siquiera se explicita la trasgresión que justificó pena de muerte alguna. Había crímenes que la ley bíblica penaba con muerte, pero no era el caso de proclamarse «hijo de Dios», que no implicaba ningún tipo de infracción. Además, los romanos solían grabar en la cruz del reo la índole de su delito. En la de Jesús, INRI (Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos) alude al crimen político de sedición: nadie podía ser rey, porque el único monarca era el César. Se trata de un crimen contra Roma, castigado con un modo de ejecución romano.
El rol que a Pilatos le atribuye el Nuevo Testamento es triplemente sospechoso. ¿Por qué el Sanedrín –que tenía autoridad para ejecutar las penas que imponía– solicita ayuda del enemigo romano a fin de «castigar» a un judío? ¿Por qué el procurador sale en defensa de un judío, cuando él era responsable de imponer el orden imperial en Judea, y en esa función ya había hecho crucificar a decenas de miles? Y por último, el conocido «lavado de manos» de Pilatos es un rito (netilat iadaim) que los judíos observan hasta hoy antes de comer, al visitar cementerios, o como signo de pureza. Extraño es, pues, que así exteriorice su pureza un militar romano a cargo de la represión.
Por todo ello, lo más probable es que quienes se «lavaran las manos» fueran los miembros del Sanedrín, en pasivo temor ante la decisión de Roma (en ese momento la mayoría de los judíos no se había rebelado contra el imperio; el partido rebelde prevaleció cuatro décadas después).
El motivo por el que los protagonistas del relato fueron intercambiados, es quizá que los redactores del Nuevo Testamento (que lo escribieron medio siglo después de que Jesús muriera) tenían como meta la expansión del cristianismo, y para cumplir con ese objeto en el imperio, la incipiente religión debía eximir de toda culpa al poderoso romano. Al mismo tiempo, podía tranquilamente depositar la culpa en quien no podría defenderse, el judío ya vencido.
Además, al evangelizar el mundo pagano, los cristianos no podían argüir que Jesús había sido el Mesías, puesto que ello no significaba nada para quienes no conocían
A fines del siglo I,
A comienzos del siglo II, Ignacio de Antioquía lo resume así: «No fue la cristiandad quien creyó en el judaísmo, sino los judíos quienes creyeron en el cristianismo.» Así nacía el fértil tema de que
A fin de afirmar la identidad cristiana, se procedió a vituperar al judío por medio de una vasta literatura según la cual
En los primeros siglos, el tratado cristiano más completo en contra de los judíos fue el Diálogo con Trifón de Justino, que explica cómo las desgracias que sufren los judíos son castigo divino. Y en ese marco, el peor de los mitos es el del «deicidio», el asesinato de Dios, explicitado por primera vez por Melito, obispo de Sardis, alrededor del ano 150: «Dios ha sido asesinado, el Rey de Israel fue muerto por una mano israelita.» Como consecuencia, «Israel yace muerto», y el cristianismo conquista toda
Durante siglos, esta incriminación contra el pueblo diabólico envenenó el alma europea y hasta hoy sigue teniendo consecuencias en el vocabulario, los prejuicios y las actitudes de su gente.
Esta acusación, repetida semana a semana por décadas, nunca fue la doctrina oficial de
Desde entonces, son muchos los cristianos que construyen un camino para librar a su religión de toda mácula judeofóbica, y para terminar de una vez con la letal imputación de que los judíos somos malditos.
Mel Gibson vino a deshacer ese camino, produciendo una obra sangrienta basada en el libelo de la monja judeofóbica Anne Emmerich (1774-1824).
En su película, no sólo se exacerban los peores motivos del Nuevo Testamento, sino que se saltean todos los positivos (como que «la salvación viene de los judíos» o que el mismo Jesús era judío, como todos sus discípulos y seguidores, algo que Gibson soslaya deliberadamente). Los judíos son los desalmados del filme, los violentos incorregibles. Gibson echa leña a un fuego que está ardiendo y matando.
A este ritmo en Europa, un nuevo atentado judeofóbico es sólo cuestión de tiempo, y bien podrá obrar de detonante la proyección de la pasión de Gibson. Al comienzo, los medios reaccionarán sorprendidos. Pero lentamente construirán su muro mental de defensa, y encontrarán las motivaciones de los agresores, comprensibles ellas. No las alabarán, pero sabrán extender su humanismo selectivo para comprender. Porque si no los comprendieran, deberían confesar que ellos mismos crearon la atmósfera judeofóbica conducente a la violencia. Y no hay nada más arduo que admitir las propias culpas en la matanza de inocentes, aun si son judíos.




0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada